Hablar de suicidio nunca es sencillo, pero callar es aún más riesgoso. El suicidio es hoy una de las principales causas de muerte entre adolescentes y jóvenes en México, y detrás de cada estadística hay familias atravesadas por el dolor de no haber visto, a tiempo, lo que estaba sucediendo. En medio de la prisa, las pantallas y las exigencias cotidianas, muchas veces no notamos que nuestros hijos están enviando señales de auxilio. Por eso estoy convencida que la comunicación familiar no es solo un recurso deseable, sino un agente fundamental de prevención.
Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, una fecha impulsada por la Organización Mundial de la Salud y la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio. Este día busca recordarnos la importancia de hablar del tema, generar conciencia y fortalecer las redes de apoyo. Para quienes son madres y padres, es también una llamada de atención sobre que la prevención empieza en casa, en las conversaciones cotidianas, en la forma en que se escucha y acompaña a los hijos e hijas.
La primera tarea de madres y padres es comprender que la comunicación no se limita a hablar mucho, sino a construir espacios de escucha real. Escuchar no es solo oír las palabras, es también leer los silencios, las expresiones faciales, los cambios de humor, el desinterés repentino por lo que antes apasionaba. Muchas veces los hijos no dicen “me siento mal” de forma directa, pero lo comunican en cómo comen, en cómo duermen, en sus notas escolares o en sus cambios de amistades; por ello la comunicación auténtica nos permite interpretar esas señales sin juicio ni regaños inmediatos.
Los adolescentes, en particular, atraviesan un torbellino emocional que los hace sentirse incomprendidos. Cuando en casa encuentran puertas cerradas, críticas constantes o descalificaciones, la sensación de soledad se intensifica. En cambio, cuando saben que sus padres están disponibles para hablar y, sobre todo, para escuchar, se construye un puente de confianza que puede marcar la diferencia entre buscar ayuda o hundirse en el aislamiento. La comunicación familiar es, entonces, un salvavidas invisible.
Un error frecuente de los adultos es pensar que hablar de suicidio “mete ideas” en la cabeza de los hijos. Las investigaciones muestran lo contrario, pues conversar sobre este tema con apertura y respeto disminuye el riesgo, porque permite que ellos expresen sus miedos, dudas y emociones sin sentirse juzgados. Hablar con claridad sobre el valor de la vida y sobre las alternativas de apoyo transmite seguridad. El silencio, en cambio, alimenta la confusión y la vergüenza.
Ahora bien, ¿cómo empezar a tejer esa comunicación preventiva? Lo primero es reservar tiempos de calidad. No basta con convivir en la misma casa, con la televisión encendida, el celular en la mano y la prisa por acabar la cena no generan diálogo. Se necesita una decisión consciente de apagar pantallas y abrir momentos de encuentro, aunque sean breves. Preguntar con interés genuino “¿cómo estuvo tu día?”, “¿qué fue lo mejor y lo más difícil que viviste hoy?”, sin interrogar ni presionar, abre caminos de confianza.
Lo segundo es practicar la escucha empática. Escuchar empáticamente significa ponerse en los zapatos del otro, sin corregirlo de inmediato, sin minimizar sus problemas con frases como “eso no es nada” o “en mis tiempos era peor”. Para un adolescente, un conflicto con un amigo o una decepción amorosa puede sentirse como el fin del mundo. Validar esas emociones con frases como “entiendo que esto te duele” o “veo que para ti es importante” ayuda a que se sienta comprendido y digno de ser acompañado.
La comunicación preventiva también implica enseñar a nuestros hijos a hablar de sus emociones. En muchas familias mexicanas todavía pesa la idea de que “los hombres no lloran” o que “hay que ser fuertes”. Estas frases bloquean la expresión emocional y, sin quererlo, empujan a los jóvenes a guardar en silencio lo que sienten. Promover un lenguaje emocional -nombrar tristeza, miedo, enojo, frustración- es una herramienta poderosa para disminuir la carga interna. Si un hijo puede decir: “me siento triste, me siento ansioso”, será más fácil que busque apoyo antes de llegar a la desesperanza.
Padres y madres no tenemos que ser psicólogos, pero sí podemos ser acompañantes atentos. Cuando percibimos señales de alarma -comentarios sobre la muerte, aislamiento extremo, cambios drásticos de conducta, autolesiones- lo más responsable es buscar ayuda profesional. La comunicación familiar funciona como el primer filtro que detecta y abre la puerta a la atención especializada. Reconocer que necesitamos apoyo externo no es un fracaso como padres; al contrario, es un acto de amor y protección.
También es importante cuidar la comunicación que tenemos entre adultos en casa. Los hijos aprenden a dialogar observando cómo lo hacemos nosotros. Si ven discusiones cargadas de gritos, descalificaciones o indiferencia, difícilmente aprenderán que la palabra puede ser un lugar seguro. En cambio, si somos capaces de resolver diferencias con respeto, ellos sabrán que la comunicación es un recurso para sanar y no para herir. El ejemplo de los padres es la escuela más poderosa de prevención.
La familia es el primer refugio emocional. Una palabra de aliento, un abrazo oportuno, una conversación honesta pueden inclinar la balanza hacia la vida. No olvidemos que, muchas veces, lo que salva a un adolescente en crisis no es una solución inmediata, sino la certeza de que no está solo, de que en casa hay alguien dispuesto a caminar con él incluso en los momentos más oscuros.
Hablar de suicidio en la familia es un acto de valentía y de amor. Prevenir no significa controlar cada detalle de la vida de nuestros hijos, sino estar presentes de manera genuina, abrir espacios de escucha y reconocer cuándo es necesario pedir ayuda. La comunicación familiar, ejercida con empatía, apertura y constancia, no solo fortalece los vínculos, sino que se convierte en un escudo vital frente a la desesperanza.
En este mes, cuando el mundo recuerda el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, aprovechemos para preguntarnos: ¿qué tanto hablamos con nuestros hijos de lo que sienten?, ¿cuánto espacio damos en casa para el diálogo real? La invitación para los padres y madres que leen estas líneas es clara: hagan de la comunicación un hábito cotidiano. No esperen a que sus hijos estén en crisis para tenderles la mano. El diálogo constante, respetuoso y empático es la mejor inversión que podemos hacer en su bienestar emocional. Tal vez nunca sabremos cuántas vidas se salvan gracias a una conversación en la mesa, pero lo que sí podemos estar seguros es que hablar -hablar de verdad- siempre será mejor que callar.
