En Puebla, como en cualquier ciudad, la paz no es un eslogan lejano, ya que se construye -o se erosiona- en la mesa del comedor, en el chat familiar y en el trayecto a la escuela. Septiembre nos recuerda el Día Internacional de la Paz (21 de septiembre), pero el reto es más cotidiano que una simple fecha en el calendario y nos lleva a preguntarnos ¿cómo hacemos de la comunicación en la familia una fuerza que desactive conflictos, cuide la dignidad y fortalezca vínculos?
Hablar de “cultura de paz” es hablar de hábitos. No se reduce a la ausencia de pleitos, sino a la presencia de valores, actitudes y comportamientos que previenen la violencia y transforman el desacuerdo en oportunidad de encuentro. Significa educar para la tolerancia y la diversidad, promover la justicia y elegir el diálogo por encima de la imposición. En la familia, ese enfoque se traduce en rutinas concretas como el cómo corregimos, cómo pedimos, cómo desacordamos y cómo reparamos.
La casa es la primera escuela de comunicación. Si el mensaje que más se escucha es el del grito, el sarcasmo o la indiferencia, esa “gramática” se aprende rápido. También se aprende lo contrario como un tono sereno, frases que hablan de necesidades en vez de culpas, silencios que escuchan de veras. La cultura de paz familiar empieza reconociendo que cada persona, desde el niño pequeño hasta la abuela, tiene emociones y necesidades legítimas.
Un punto de partida práctico es la Comunicación No Violenta (CNV), un modelo sencillo y poderoso para cambiar la forma de expresarnos cuando algo nos molesta. En vez de etiquetar a la persona (“siempre eres…”, “nunca haces…”), la CNV propone: 1) observar sin juzgar (“cuando llegas media hora tarde a la comida”), 2) nombrar lo que siento (“me siento inquieta y desatendida”), 3) expresar la necesidad que hay detrás (“necesito sentir que respetamos lo que planeamos”) y 4) hacer una petición clara (“¿puedes avisar con tiempo si vas a tardar?”). El orden importa porque baja las defensas, aclara lo esencial y abre la puerta a soluciones compartidas.
Para madres y padres, un guion breve puede ayudar, y este puede ser por ejemplo: “Cuando tú… yo me siento… porque necesito…; por eso te pido…”. Te invito a probarlo con situaciones reales como es el uso del celular en la mesa, las tareas sin entregar, el ruido a la hora de dormir. Lo central no es ganar la discusión, sino cuidar el vínculo y llegar a acuerdos viables.
La paz también se escucha. La escucha activa no es esperar turno para responder; es elegir entender antes de hablar. Algunas microprácticas en este sentido son mirar a los ojos, no interrumpir, evitar consejos no solicitados, parafrasear (“entonces te frustró que te cambiaran el plan”) y observar lo no verbal (postura, tono, suspiros). Incluso el silencio puede ser una respuesta empática cuando el otro solo necesita desahogarse. En cambio, la invalidación (“no exageres”, “tú siempre haces drama”) es el polo opuesto a la empatía: porque hiere y cierra puertas.
Otra pieza clave son los “acuerdos de comunicación” de la familia. Redáctenlos entre todos, colóquenlos en un lugar visible y revísenlos cada mes. Tres ideas para empezar son: 1) “Sin gritos: si sube el volumen, pedimos tiempo fuera y retomamos en 15 minutos”; 2) “Crítica a la conducta, no a la persona: describimos hechos, no etiquetas”; 3) “Reparamos, no castigamos: si rompo un acuerdo, propongo cómo compensar”. Con hijas e hijos adolescentes, incluir un semáforo de emociones ayuda: rojo (pausa y respiración), amarillo (expreso lo que siento), verde (busco opciones).
El entorno digital merece capítulo aparte. En el chat familiar abundan malentendidos porque el texto no trae tono. Algunas reglas salvan la paz como no responder “en caliente”, evitar cadenas o audios eternos, pedir permiso antes de compartir fotos, no exhibir errores de nadie en público. Y, por supuesto, no discutir por WhatsApp lo que exige mirada y encuentro. La comunicación responsable en redes es parte de la cultura de paz, ya que recordemos que lo que publicamos impacta el clima emocional de nuestra casa.
También se puede cultivar la paz con rituales. Un “minuto de paz” antes de comer para agradecer algo del día; una reunión semanal de 20 minutos para planear la logística (tareas, transporte, pendientes) y anticipar tensiones; un “frasco de gratitudes” donde cada quien deposita notas de reconocimiento. Estos gestos, repetidos, construyen confianza y reducen la necesidad de “apagar incendios” después.
¿Qué hacer cuando el conflicto ya estalló? Tres pasos útiles: 1) regular emociones (respirar, moverse, hidratarse), 2) nombrar lo que pasa sin acusar (“estamos muy tensos, propongo pausar”) y 3) pactar un momento para retomar con cabeza fría. Si se dañó la relación, la reparación concreta -una disculpa, un gesto amable, asumir una tarea- vale más que un sermón. Y si el tema supera a la familia, pedir ayuda profesional es una forma de cuidar el vínculo, no un fracaso.
La cultura de paz no es ingenuidad. Requiere firmeza para poner límites y creatividad para encontrar acuerdos. Implica reconocer que, incluso con amor, nos equivocamos y necesitamos ajustar. Y se alimenta de pequeñas victorias como es una conversación que ayer habría sido pelea y hoy termina en abrazo; un adolescente que descubre que su voz cuenta; un padre que aprende a pedir perdón; una madre que descansa porque ya no carga sola.
Es por ello que quiero aprovechar esta columna para proponerte un reto de 24 horas y es el siguiente: Primero, elige conscientemente tus palabras y tu tono; practica la escucha sin interrumpir; reformula lo que el otro dijo antes de responder; evita el sarcasmo; haz un gesto de reconciliación con alguien de tu familia. Si funciona un día, prueba una semana. La paz no es un destino, es una práctica.
Puebla puede ser una ciudad de paz si nuestras familias son escuelas de diálogo. No se trata de estar de acuerdo en todo, sino de desacordar sin lastimar. Cuando la comunicación familiar se pone del lado de la dignidad y la empatía, cada casa se vuelve un pequeño taller de ciudadanía, ya que es ahí donde aprendemos a preguntar sin atacar, a discrepar sin humillar, a reparar sin culpar. Ese aprendizaje, multiplicado, es política pública desde abajo, pues la paz que no depende del calendario ni de discursos, sino de la constancia con la que nos tratamos cada día. Mi deseo es que este septiembre nos encuentre estrenando hábitos, ya que la paz se siembra con palabras y se riega con actos. Empecemos en casa.
